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Jun
08

Entrevista a Nilo Inga Huamán en Cinencuentro

La evolución del cine hecho en el interior del país puede encarnarse en Nilo Inga. Con una carrera dividida en dos partes, una intermitente y secreta, y otra vertiginosa y muy difundida, narra su historia, su trayectoria, su filmografía: El tunche, misterios de la selva (2007), es su último largo finalizado.

Háblanos de tu historia, ¿cómo empezaste tu acercamiento al audiovisual?

Soy natural de Huancayo, de un distrito llamado Huáchac, un pueblo pequeño donde la gente se dedica a la agricultura y la ganadería, yo soy hijo de campesinos. Como todo joven entusiasta, amante de su cultura y de su tradición, me interesé por saber más de las narraciones del pueblo, conozco muchas versiones de historias que ni siquiera se escriben sino son cuentos que se transmiten oralmente de generación en generación, tenía cierta inclinación por el arte cinematográfico. Cuando terminé el colegio, vine a estudiar a Lima una carrera cinematográfica, el instituto que más me llamaba la atención era el Charles Chaplin, estuve en una charla y todo, pero te das un portazo cuando te enteras del costo, es bien cara. Entonces alguna carrera afín, llego a la Escuela Nacional de Arte Dramático, estudié ahí cinco años y luego estuve dos años haciendo teatro con el grupo Waytay, con Javier Maraví, mi paisano. Regresé a mi tierra, y pensé que si quería hacer cine tenía que tomar temas locales, porque son los que más conozco, no me puedo meter en otras cosas. La primera vez que hice cine fue en 1998, cuando todavía estudiaba en la ENSAD, hacía guiones en las clases de dramaturgia, para sorpresa de mis profesores no eran para teatro sino para cine. Con un amigo grabé en V8, salió un trabajo interesante pero con muchos errores, le pusimos música, editamos de VHS a VHS, le enseñamos a nuestras familias y amistades nada más, y ahí quedó.

¿Cómo llegó a ti el gusto por el cine? ¿Por una película, por un tema? ¿Cómo nació?

Creo que empezó cuando yo estaba en el colegio. El Ministerio de Agricultura llevó a Huáchac unas máquinas grandes de regadío, mi abuelo me llevó, habían hecho un documental sobre el riego, eran unos Betamax tremendos, me quedé fascinado con ver cómo estaban regando en la televisión. Primera vez que veía un trabajo así. Y después unos familiares llegan de Estados Unidos y me traen una cámara, que la malogré después, jaja, porque salía a grabar a todos sitios, que me ha permitido registrar cómo era mi pueblo mi pueblo antes y apreciar cómo ha cambiado. Eso me ayudó bastante. Quería crear, a los animales los hacía hablar, fastidiaba a los chanchitos.

No tenías acceso a ver películas.

No, en un pueblo así uno que tenía Betamax digamos que era el más rico. Después otro tuvo, luego los muchachos manejaban los VHS, yo soñaba con manejar la maquinita de grande, ¿no? Creo que el querer tener me ha llevado a hacer ese tipo de trabajos, a lo que me he metido ahorita.

Cuando regresas comienzas tus primeros trabajos.

En 1998 ya había grabado con un amigo Terror en Huáchac, yo le había puesto un título en quechua, pero él me dijo no, vamos a tratar de vender esto, ja, ja, es que era bien limeño, ja, ja. Se trata de un hombre supuestamente muy grande, a quien cortaron las partes de su cuerpo para enterrarlo. La capilla era muy pequeña, sus pies se salían por la puerta, en varios lugares fue enterrado con su tesoro, era dueño de toda la zona, la gente no sabía que en luna llena destapar y sacar oro era terrible, entonces en este cuerpo las manos comienzan a cobrar vida y matar gente por el bosque. En esa época estudiaba en la Escuela Nacional de Arte Dramático en Lima, y en unas vacaciones fuimos a Huancayo y grabamos, ahí aprendí mucho porque el amigo agarraba la cámara y ya sabía el manejo de planos, y tenía una idea de lo que se necesitaba.

Me quedé cinco años en Lima estudiando teatro y dos años más haciéndolo, en un estilo Yuyachkani, porque de ahí salió Javier Maraví, quien tenía una temática andina, lo que me gustó. Pero éramos dos plantitas, a él le gustaba el teatro y a mí el cine, yo le incentivé para que comprara para el grupo Waytay cámaras, tituladoras y demás equipos. Un año después lo dejé, porque yo quería hacer cine, el teatro no llenaba completamente mis expectativas.

En el año 2000 logro enseñar en un colegio un taller de actuación, les enseño teatro pero también a que escriban una historia. Al principio era de unos jóvenes estudiantes pasando por el enamoramiento, pero los animo a hacer algo más fantástico, agregamos un hombre que había vendido el alma al diablo y mataba mujeres para estar bien. Los jóvenes van al bosque y ahí empiezan a morir. Por las creencias sabemos que lo que salva es la coca, el cigarro, la cañita, etc., y así logran defenderse. Se llamó La huerta de mi amada, y lo llevamos al teatro también……

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Nilo Inga Huamán

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